sábado, 26 de abril de 2014

Revolución, romanticismo y engaño






“Sin duda cada generación se cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no podrá lograrlo. Pero su tarea es más compleja: consiste en impedir que el mundo se deshaga”.
—Albert Camus—



Concretar cambios en el mundo es necesario; conservar el estado de naturaleza humana y la costumbre como inalterables es muestra de estancamiento peligrosa. También es cierto que las transformaciones importantes en la sociedad requieren un lapso más o menos largo para producirse y deben ser puestas a constantes revisiones y cuestionamientos para evitar una degradación que conduzca a algo peor que lo que buscaba dejar en el pasado.
Adquirir un protagonismo estelar en los cambios es una tentación a la que las generaciones, sectores y grupos corporativistas no se resisten. Para ellos, el individuo no puede lograr avances por su cuenta. Por eso no es extraño que cada cierto tiempo (que va haciéndose más frecuente) surjan afanes revolucionarios, que de un portazo —o balazo— promuevan un giro violento, idea que tiene pinceladas más de fe que de razón. Y es que quien aguarde que de manera repentina los males sociales se corrijan, aguarda un hecho sobrenatural, pues mucho más sencillo y probable que se hagan más grandes.
La moda y el elemento emotivo generan revoluciones para todo  gusto y de toda marca: revoluciones culturales que han costado demasiada sangre, revoluciones que derrocan dictadores y apuntalan a tiranos de barba aún más nefastos; algunas revoluciones de la tierra que hacen tambalear la propiedad privada; revoluciones que traicionan su verdadero propósito y son ahora larguísimos desfiles de corruptos protegidos, procesos revolucionarios bolivarianos que hacen añicos la libertad; ¡hasta tenemos simples campañas ciudadanas de meñique que se hacen llamar revolución! Es tan tentadora esa palabra que cualquier elemento, publicación, reforma o actuación, quiere ponerse el apodo de revolucionario, anhelando cambiar el curso de la historia, inclusive queriendo partirla en dos. No debe extrañar, entonces, que el término sirva para que déspotas, ladrones, embusteros y deseosos de popularidad cautiven a las masas y generen en ellas ese romanticismo desmedido. En su oportunidad y sin pérdida de vigencia, Carlos Rangel desentrañó los mitos que vienen con el revolucionario latinoamericano y  los estragos que defiende: el populismo, el caudillismo y el autoritarismo.
Culpo en parte a la pereza y a la impaciencia de esta fiebre por la revolución. A nadie le agrada la idea de reforma, pues implica esfuerzo y tiempo; educar a la gente es una labor que requiere interés, constancia y valor; el vocablo progreso ha cosechado enemigos absurdos que lo han llenado de eufemismos; y, hay que decirlo, rebeldía y rebelión son voces para las que no todos están a la altura necesaria. Se abre la puerta de la fuerza; no obstante hacer cambios mediante ella es más un adiestramiento que, aunque pudiere aparentar resultados, está amenazada por la corrupción de la autoridad, además que amoldar el carácter por la fuerza siempre conlleva un dilema para quienes somos defensores de la libertad individual.
La revolución miente haciendo pensar que todo se hace en un solo acto violento a un precio que no siempre está bien medido. La revolución no acepta crítica alguna; es una verticalidad que castiga a quien ose disentir o cambiar un poco sus posiciones. No es casualidad que la guillotina se haya inventado al calor de un movimiento de estas características y no sólo se haya llevado con su hoja a sus detractores sino también a los que la generaron y se atrevieron a cuestionar. Más aún uno debe temer cuando una Revolución ya empieza a escribirse así, con mayúscula.
No puedo olvidar que el ideal revolucionario es en su esencia un movimiento que posterga y hasta sacrifica al individuo para la obtención de nebulosos objetivos. Yo prefiero un puñado de indómitos críticos antes que un conjunto de revolucionarios emocionados y sanguinarios manejando por décadas las vidas de otros hombres.
Como un golpe de martillo a la idea de la revolución, evocar a un fragmento del escritor argentino Adolfo Bioy Casares: “Revolución. Movimiento político que ilusiona a muchos, desilusiona a más, incomoda a casi todos y enriquece extraordinariamente a unos pocos. Goza de firme prestigio”.

lunes, 7 de abril de 2014

La dañina comodidad internacional



“El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. (…) El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras”.

—Jorge Luis Borges—



Hay guardianes que lo son solo de nombre y para cumplir formalidades, para crear imágenes portentosas cuyo simple cuestionamiento o sola idea de disolución o supresión espeluznaría a varios mortales. Cientos de cargos e instituciones merecerían ser borradas de un plumazo o al menos ser puestas en un cajón olvidado con sus mentiras, imposturas o actuaciones convenencieras. Esta situación no se restringe a un orden nacional, lo que demuestra el presente es que no se puede depositar grandes esperanzas en esas creaciones humanas llamadas organismos internacionales, puesto que tienen un talento natural para poner la vista en otro lado. Entre lo anecdótico uno puede recordar la situación de Panamá regida por Manuel Antonio Noriega. La pasividad de la Organización de Estados Americanos ante los abusos y el reinante narcotráfico en el país centroamericano provocó que se forjará un nuevo contenido irónico a la sigla: OEA significaba “Olvidemos Este Asunto”.

Ciertos criterios deben ser tomados en cuenta al evaluar a las instituciones internacionales y bajarlas de los cielos. El primero es el hecho de que un estado, cualquiera sea, está representando por su  Poder Ejecutivo únicamente; el Poder Judicial y el Legislativo —que es el que en teoría tiene mayor representación en una democracia coherente— no tienen el mínimo peso, salvo en los llamados “parlamentos internacionales” que no tienen gran utilidad. Queda entonces una figura en la que un presidente, por más detestable que fuere, pretende encarnar la voz sin discusión de todos sus ciudadanos, o sus vasallos.

Otro elemento que dificulta que se atienda reclamos de la población civil contra sus estados es que toda decisión debe ser tomada mediante votación de todos los países; si un gobierno tiene a sus similares de cómplices, no hay modo de ponerlos en el banquillo de acusados.

Un tercer mal es que los estados tienen una capacidad increíble de engendrar una cantidad hilarante de ellos. Solo en América del Sur uno encuentra ALBA, OEA, UNASUR, MERCOSUR. CARICOM, CELAC y Comunidad Andina; toda una pesada maquinaria internacional en la que numerosos falsos demócratas y hasta dictadores confesos han sabido moverse de acuerdo sus necesidades del momento y en los que, como en las embajadas, han sabido acomodar a sus funcionarios dudosos cuando les queman los procesos judiciales.

Sinceridad ante todo: a los organismos internacionales, sobre todo los de América, no les importa que no se pueda comprar comida por culpa del chavismo o mueran manifestantes por represión salvaje. ¡Bah! tampoco les importó en su momento que el régimen castrista racione a los cubanos los alimentos a las personas mediante libretas o que la obra de Castro y Guevara llene de represión, muerte y censura a los cubanos. Para que los organismos de rimbombantes nombres hagan algo más que sus tímidas e ineficaces recomendaciones, al parecer es preciso que las bajas se cuenten por miles, como en África y Asía. Para ellos, el hombre (así, con minúscula, el individuo) no importa. La decadencia de la OEA ha llegado a tal punto de que en marzo, para tratar el tema venezolano… ¡se ha sesionado en privado! Un despropósito total diseñado para encubrir a los autoritarios y que la opinión pública no conozca cuánto se dijo y se omitió en esa ocasión.

Me juego, no sin dudas, por la existencia estos entes; pero no de manera numerosa y utilitaria a algunos como plagas. Pienso que basta con un puñado en todo el globo. Eso sí, restituyéndose de su degeneración, retomando aquello que provocó su formación, que es evitar el pisoteo de la libertad y la dignidad de los individuos (no hay que olvidar que la ONU se creó luego del aquelarre sanguinario de la Segunda Guerra Mundial), y dejar de ser simples clubes de amigos para gobiernos que, como una llave que se abre y alivia la presión de un gas, se den un sucio respaldo entre ellos cuando generan muerte, hambre y dolor. Mientras no se efectúe la explicada restitución, esperar de afuera una audaz y heroica intervención que condene y frene los crímenes del Siglo XXI y de otros perversos, es un exceso de fe sin sentido.
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