lunes, 24 de febrero de 2014

La desconfianza en el frío monstruo






"— ¿Cuántos dedos hay aquí, Winston?

— Cuatro.

— ¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino

cinco? Entonces, ¿cuántos hay?".

-George Orwell-

Considero a Friedrich Nietzsche un pensador distinto. Más allá de las controversias que generaron sus particulares vida y obra, la rabia que le profesan muchos conservadores puritanos y las malinterpretaciones de sus ideas; para mí el filósofo del martillo es irrepetible. Su valentía, originalidad y potencia permiten que se encuentre en mi anaquel de escritores preferidos. En uno de sus libros más conocidos, Así habló Zaratustra, se halla la siguiente reflexión inolvidable: “Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: «Yo, el Estado, soy el pueblo» (…) Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mordedor. Falsas son incluso sus entrañas".
No es el único que identifica al estado con seres  bestiales. Entre otros, Hobbes lo identifica con el enorme Leviatán, Octavio Paz lo llamó ogro filantrópico y Mario Vargas Llosa lo catalogó como un elefante torpe que debía ser reducido en sus movimientos, pues, de lo contrario, podría aplastarnos.
Vuelvo al frío monstruo. Considero la desconfianza como una actitud natural, tanto hacia aquello que no se conoce como hacia aquello que se sabe que puede provocar daño. No tengo la mínima intención de lucir como gurú de la tolerancia a lo incierto; antes que la tolerancia está la seguridad del hombre y de sus cercanos. Si aplico el descrito razonamiento para las relaciones interpersonales, desconfiar de entes colectivos y abstractos manejados por seres ruines se hace aún más necesario. Quien esté ostentando el poder —obtenido por bayonetas o urnas indistintamente—  deseará retenerlo todo el tiempo que pueda o al menos sacarle el máximo provecho, en la medida que le alcancen las ganas y hasta donde las instituciones republicanas se lo permitan, si no las tiene en el bolso ya.
En regímenes autoritarios y populistas, toda “información oficial” está cargada de propaganda, de mentira o de eufemismos. Hay que ser claro: salvo excepciones contadas, nunca un gobernante reconocerá que se presenta una situación en la que las cosas estén mal. No importa si los delincuentes toman las calles y hay un crimen cada dos horas; para el gobernante o alto jefe policial se está trabajando con avances en la seguridad ciudadana. Un desastre natural puede recaer sobre una ciudad o región llevándose bienes o vidas humanas; pero el político falso aparecerá manifestando que la situación está siendo controlada. Un país puede estar al borde de la catástrofe financiera, mientras un ministro o alcalde quiere convencer que vienen épocas de bonanza.
Ni hablar de los abusos a los derechos humanos; jamás los representantes del estado admitirán excesos, violaciones, o muertes ocasionados por su voluntad. Siempre encontrarán (inventarán) un desestabilizador o golpista causante y culpable, o tal vez el cinismo criminal alcance para que una autoridad o vocero surja con un “no tengo conocimiento del hecho…”.
Una gran parte de la ingeniería populista descansa sobre el manejo de la información y la ya mencionada propaganda. No dudo ni un centímetro al afirmar que si los autoritarios actuales repartidos por el mundo pudieran encontrarse con Joseph Goebbels, se inclinarían ante él para pedirle instructivas sobre el uso de la propaganda nazi. Los ministerios y secretarías de comunicación –nacionales, regionales o municipales— son calderas infernales de las que brotan pestilentes avisos. Si pudieran alterar hasta el pasado para su conveniencia, al mejor estilo de la novela 1984 de George Orwell, lo harían.
Por eso yo desconfío del frío monstruo llamado estado,  porque a él la prensa libre le incomoda, la opinión no alineada o no comprada la ve como amenaza y la tecnología es su siguiente rival a censurar. A mí no me interesa el concepto de “información responsable” que usa el frío monstruo; a mí que me den información libre, variada y abundante; las responsabilidades de filtrarla y de formar opinión corren por mi cuenta individual.

La imagen pertenece a la adaptación fílmica de la 
mencionada novela de G. Orwell, "1984"

lunes, 17 de febrero de 2014

Borges frente al universo



                                           "Borges es uno de los más originales prosistas de la lengua española, acaso el más grande que ésta haya producido en el siglo XX”.

—Mario Vargas Llosa—


Conocí a Jorge Luis Borges con un libro de poemas llamado El oro de los tigres (1972).
Desde entonces no ha dejado de sorprenderme y fascinarme su cuantiosa y variada obra extendida por medio de poemas, cuentos, ensayos, diálogos, conferencias, entrevistas  y hasta anécdotas. A pesar de estar privado de la vista —siendo él conocedor de este destino desde muy joven— es resaltable la pasión y entrega con que se dedicó a la lectura y a relectura de textos de diversos tipos.
Los temas empleados en su obra de ficción abordan muchas problemáticas que, aunque se edifican sobre la fantasía, son centrales en la vida del hombre: el dilema de la muerte, la obsesión, la infamia, el crimen, el universo, la guerra, el futuro, el conocimiento de uno mismo y muchos otros que, incluso en la exquisitez de lenguaje y contenido borgianos, alcanzan a todos los hombres.
De la mano de la erudición obtenida por una encomiable adicción a los libros y del apego al individuo como única realidad (en reiteradas ocasiones Borges se declaró un  anarquista-pacifista, además de apuntar y desear que en un futuro lejano mereceremos no tener gobiernos), otro gran valor del escritor nacido en Buenos Aires es su universalismo. Voy a recalar en este aspecto dado que es difícil que exista otro autor que reúna en su prolífica labor tantos textos inspirados en tantos tiempos, lugares y culturas como Borges con tanta calidad.
Una retroalimentación singular se da entre el mundo y el escritor. Ejecuciones, conflictos bélicos, magnicidios, desolaciones, una que otra cuestión amatoria, organizaciones políticas, tramas policiacas,  mitología y temas filosóficos y lingüísticos, emergen de Jorge Luis Borges hacia el mundo sin distinción de nacionalidades. Así también Borges se sirve de todas las culturas para poder crear un legado literario inolvidable. La pampa argentina del gaucho, el lejano oriente con sus Mil y Una Noches, esa Florencia que cobijó a Dante, Texas, Montevideo, la España de Cervantes y Góngora, Islandia, Japón a través de sus Tankas, la verde Inglaterra, Buenos Aires y su fervor, Alemania y su lengua, la Grecia de Proteo, Heráclito y Sócrates, las islas Malvinas con su guerra, y una extensa lista que no puedo detallar; son los planos en los que el autor conjuga el universo entero.  Acaso sea su creación lo más aproximado a ese Aleph publicado en 1945 (el único Aleph que posee calidad literaria, por cierto) en el que se refleja las infinitas caras y cosas del universo.
No es azaroso el hecho de que todo este multiculturalismo le haya generado otra clase de lucidez, la lucidez de abrir el ojo crítico ante posturas nacionales, despojándose de pasiones de bandera. Sus opiniones particulares de rechazo al peronismo y su no alineación a la izquierda, a diferencia casi todos los artistas que aspiraron a reconocimientos en el Siglo XX, le valieron —entre otras cosas— no haber obtenido el Nobel de Literatura. Jean-François Revel, en El conocimiento inútil, hace un apunte sobre este hecho: “La izquierda, de hecho, odiaba a Borges por no haber aprobado el terrorismo que había precisamente provocado la dictadura de los generales argentinos. Es muy diferente, pero bastaba para hacer de él un escritor «de derechas», es decir, no «nobelizable»”.
En el plano de lectores sucede algo similar al caso de Mario Vargas Llosa. Es posible aún encontrar rabiosos progresistas-socialistas que rechazan a Borges, su obra y calidad pues su estrechez  ideológica puede más que su lectura; lo catalogan entonces de soberbio, insensible y sin “conciencia social”.
En días en que las fronteras nacionalistas quieren cercar el horizonte cultural y en que el individuo está siendo negado ante la colectividad como un ser sin importancia que únicamente debe estar sujeto al oleaje de las masas y las mayorías, la lectura del hombre obsesionado con espejos y laberintos permite rebelarse de un modo literariamente sublime, en prosa y en verso, ante las necedades que minan la libertad y el destino del hombre.

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