martes, 12 de noviembre de 2013

El hábito a la desgracia política






…justamente, esto era un desastre, porque el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”.
-Albert Camus-


La capacidad de asombro es sin duda una de las características propias del ser humano. Además de ponerlo en contacto con los cambios que se producen en su entorno, alcanza una mayor importancia cuando, a través de la reflexión generada por el mencionado asombro, puede crearse respuestas a los problemas  y  cambios a fin de obtener mejores resultados en la vida diaria.

En el arte, el asombro es la reacción emocional que en primera instancia salta y detona la sensibilidad o el espanto. En la vida personal es gracias a la conmoción y al deslumbramiento por lo que se advierte el devenir de los momentos inolvidables, tanto de los dichosos como de los amargos. En estos casos, el ámbito de este asombro es privado y su ausencia o completa distorsión no afectarán intensamente al desarrollo de la sociedad.

No obstante, en lo verdaderamente público, en el quehacer político, es necesaria la presencia del asombro y hasta del espanto; pues mediante ellos se llega a la indignación y al repudio de las acciones perjudiciales cometidas por la sociedad civil o los representantes oficiales del estado.

En política, afrentas simbólicas, grandes crímenes perpetrados por seres demenciales, las traiciones, la estupidez, el juego siniestro de los impostores, la corrupción, la muerte, la manipulación, la ordinariez y otras infamias, no deben nunca dejar de sorprendernos y molestarnos. Es necesario escandalizarse, es necesario mostrar públicamente el descontento que a uno lo devora.

Queda claro que esta sensación de incomodidad orillará a la molestia, e inclusive genere cólera y más de un malestar mental o físico a raíz de la furia y la impotencia Sin embargo, es el precio necesario a pagar para no dejarse corroer por las miserias en las que incurren los pésimos actores de la vida política. Es importante acotar que el cuestionador inagotable que denuncie los ataques a la razón y a la convivencia no es un sujeto agradable para los demás, o dejará de serlo cuando sus dardos incomoden.

Las calamidades políticas pueden ser de infinitas clases, sus conjuradores pueden volverse hábiles mentirosos y amañadores, y su constancia puede provocar un adormecimiento atroz debido a la costumbre de vivir día a día y noche tras noche sus pestilentes prácticas.

Este modo de “desgaste” no debe avanzar.  Aunque tengamos que tragarnos frecuentemente un ejército de torpes, incultos e irresponsables defensores del régimen (a veces por cadena nacional y en discursos tortuosos que duran horas), no se debe decaer en la crítica, el ataque a los abusivos y la defensa de los principios. La crítica y la denuncia tienen que ser motores inagotables que se muevan en contra de la costumbre a lo venenoso. Como  seres comprometidos, la labor no se puede esquivar. El controvertido y genial Nietzsche lo advirtió ya en 1886: "El hombre superior tiene que abrir los oídos siempre que tropiece con un cinismo bastante grosero y sutil…”.

Suele decirse que si uno critica algo debe acompañarse de una propuesta: es una falacia torpe que busca deslegitimar la crítica. Hay situaciones en que proponer algo está de sobra, la defensa de principios no requiere más propuestas, es válida per se.

Un día en que no me disguste de la idiotez política no es un día completo. Está claro que seré impopular. Pero, aunque sea en la soledad de mi reflexión y en mis textos, me niego rotundamente a acostumbrarme a lo funesto que acarrea en estos tiempos el manejo del poder en todos sus estratos (ni imperios ni feudos ni quintas me agradan); cada día van repugnándome aún más los ídolos que se creen intocables, o innombrables si no es para recibir alabanzas, por muy mediocres que éstas sean. Es posible que haya un tiempo futuro en que pueda sentirme menos iracundo y respire tres, cuatro o cinco veces antes de encenderme en llamas, pero éste no es ese tiempo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Un siglo con Camus




El pesimismo de Camus no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía”.

-Mario Vargas Llosa-



7 de noviembre de 2013: 100 años del nacimiento de Albert Camus.


Tu nacimiento se dio poco antes de la primera gran herida del siglo XX. Tú advertirías luego que Europa se moría con la segunda. La miseria te rodeó,  pero no quebrantó tu joven espíritu. Un corazón que aprendía y unos pulmones que fallaban marcaron tu destino cuando el mundo aún no te abría las puertas como un hombre pleno. Entrega y compromiso te fueron moldeandon, junto a la solidaridad, una palabra aprendida en un campo de fútbol y reforzada en las tablas de un teatro.

Supiste sortear adversidades. Emigraste a la Ciudad Luz en busca de un destino de escritor. Aunque la destrucción asolaba tu ruta, no pudo torcerla.

París te recibió y un círculo de mentes lúcidas advirtió tu valía. Nunca permaneciste indiferente ante la injusticia, a pesar de que algunos hayan preferido callar o colaborar por comodidad. Fuiste francotirador inagotable; intolerantes y dóciles te tomaron como enemigo.  Pero también tuviste amigos fraternales y colegas escritores que te valoraron. Tu sensatez y tu crítica estuvieron en primera línea con valor.

La guerra pasó y el Nobel recayó sobre ti años después.  Tus palabras en Estocolmo dejaron las enseñanzas para una generación que debía evitar que el mundo se deshaga.  


Te conocí siendo yo muy joven; El extranjero y la crisis del hombre que se halla lanzado a una existencia sin sentido. Cuando aprendí una pizca más sobre la vida, reencontré a Meursault en días lluviosos.

El mito de Sísifo y la filosofía del absurdo a través del personaje griego que, aunque sea por un instante, saborea la felicidad.

La peste, con su descripción de la conducta humana en la crisis, dibuja la solidaridad y el espanto de la desesperación y la distancia.

Tu ensayo explosivo, El hombre rebelde; todo un freno para la mentira y la opresión ante una realidad que intenta aplastar y oprimir al individuo.

Con Bodas y El verano, sentí convertida en letras la experiencia incomparable de viajar. Los sitios que se conocen y a los que se retorna son más que parajes y espacio; son ideas y palabras que nos ponen en contacto con partes de nosotros mismos. Comprendí también, luego de haberlo encontrado frente a frente en una travesía, la razón de uno de tus tantos personajes que vencerán el olvido: el mar. Sin duda, son los textos más cercanos y emocionales en los que pude conocerte.  

Tus demás escritos y tus obras de teatro abundan en valor y enseñanzas, refugios en los que es saludable volver a tropezar cada cierto tiempo.


Te imagino con tu abrigo y tu cigarrillo, consumiéndose recíprocamente por la tuberculosis.


La fecha que motiva estas líneas me invita a pensar en un siglo de tu nacimiento; pero tu muerte también rodea mi mente y –como no me ocurre sólo con un puñado de autores- me pone algo triste. Borges había dicho alguna vez de Oscar Wilde: “Pensar en él es pensar en un amigo íntimo, que no hemos visto nunca pero cuya voz conocemos, y que extrañamos cada día”. Algo similar me pasa en estos tiempos contigo. Ese accidente, la carretera, la fatalidad. No dudo al decir que el mundo hoy sería un poco menos terrible si no te hubieras ido de él ese día de enero de  1960.


Octavio Paz, quien te conoció y admiró, escribió alguna vez: "Nada fue ayer, nada mañana, / todo es presente, todo está presente, / y cae y no sabemos en qué pozos, /ni si detrás de ese sinfín / aguarda Dios, o el Diablo, / o simplemente Nadie". Exista o no algo más allá, hoy me atribuyo con soberbia justificada la voz del planeta al decirte: ¡Gracias, hombre valiente y rebelde!



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