miércoles, 12 de junio de 2013

Quiero escribir, pero me sale fuego.



“¡Yo soy la herida y el cuchillo! 
¡Yo soy la bofetada y la mejilla! 
¡Yo soy los miembros y la rueda
y la víctima y el verdugo!” 
—Charles Baudelaire—


Hay veces que me deslizo por los tejados de mi mente y escritura, ocasiones en que brinco y bailoteo en el techo más alto y veo a todos desde lejos. Cierto es que a algunos les grito y maldigo, pero también hay varios a los que saludo y quiero que suban a danzar conmigo un rato y reír. De repente, arriba en el cielo, abajo en el mundo, o más abajo en el infierno, noto algo más y pierdo el equilibrio, y resbalo y me mancho de sangre. Es entonces que me doy cuenta de que mis líneas, las de mi rostro y mis textos, arden y queman pilares, muros y estructuras, es por eso que resbalo.

Algunos arden de pasión, olvido, furia, alegría, uno que otro mortal, música, crítica, penumbra y reflejo. Intensidad. Por eso aprendí hace un tiempo a tener compresas de agua fría para calmarme; sé bien que las tengo en algún sitio, algún baúl o sótano de ficción, pero no siempre las encuentro para usarlas.

Hay laberintos diseñados con palabras e ideas, en los que me encierro. Más de una vez he aparecido con el Minotauro y, sentados sin prisa, hemos divagado para hallar salidas con la filosofía; la mayor parte de las veces nos hemos perdido más aún, pero de un modo digno.
Cierto es que hay límites en la existencia; tarea de un Quijote nuevo es descontarlos, esta vez me concentraré en sólo dos: espacio y tiempo. Ya he resuelto el problema del espacio: me he inclinado al sentimiento apátrida; Cioran me dijo una vez: “Piensas constantemente porque te falta una patria. Como no tienes fronteras, el espíritu no tiene dónde encerrarte. Por tal motivo, el pensador es un emigrante perpetuo”. Resta solucionar el problema del tiempo: la inmortalidad no puedo garantizarla.
Han llovido sobre mí, como toscas flechas, acusaciones de ser un compositor díscolo, irritable e inapropiado; yo les sugiero —entre otras— que me llamen mejor disconforme (lo de “incendiario” cae por su peso), porque desde la ventana de mi estudio y en mi andar errante veo que el mundo es sinuoso y hay días que no me gusta.
En ocasiones me doblego —o me doblegan— con el bien el mal: ojos examinadores, traiciones de humo, sonrisas de luz, dosis de espanto, letras nuevas, descargas de felicidad inesperada en sitios con velas, manchas de crueldad, sorpresas gratas, resignación hecha suspiro, sonidos que en ocasiones son palabras, todo eso y algo más. Pero  me rearmo pieza por pieza, llama por llama, pongo de pie y trazo planes macabros que a veces ejecuto e ilusiones que me llevan. Cierto es que el arrepentimiento por muchos de mis actos no me ha visitado por ahora; me inquieta pensar que se encuentre sumando todo para volver un día galopando y me aniquile o me convierta en sal cuando mire atrás.
Hombre enrevesado. Si mi ser fuera simple, sin contradicción, sin témpano y volcanes; quizás viviría más (no mejor), no estaría extraviado en nebulosas ni cartografía confusa, y gotas de cemento no lloverían sobre mi frente. Hombre enrevesado y a la vez en paz por lo que hace, vive y siente.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¡fuego!… quiero escribir, pero me sale fuego.

domingo, 2 de junio de 2013

Libelo contra la censura


Hay fragmentos que se marcan a fuego en la memoria, voluntad y conciencia del lector. Recuerdo en un relato,  a un personaje de Voltaire, figura de la Ilustración: Bueno es escribir lo que se piensa, y ése es uno de los más inestimables privilegios del hombre”[1]. Ha pasado más de un cuarto de milenio desde que se forjó ese fragmento y la vigencia no sólo está intacta, sino que además es perfectamente válida para la expresión oral, o de otra clase.
Nos ha tocado una era en la que la civilización occidental accede —al menos en su mayoría— de manera fácil y rápida a la información, comunicación y exteriorización de ideas. Como nunca en la historia, compartir conocimientos, opiniones, imágenes y sensaciones, puede lograrse a una velocidad  y alcance impresionantes. Sin embargo, tanta facilidad continúa siendo acompañada por el ansia de controlar las reflexiones de los individuos.
Lejos de ser una prerrogativa únicamente de la labor periodística o política (algo que algunos malsanos promotores han querido hacer pensar), es una atribución de todos los individuos manifestar sus pensamientos y emociones de manera abierta. Ni siquiera un Estado —cualquiera sea—, queriendo aparentar generosidad con el ciudadano, puede arrogarse como dádiva el derecho a reflejar libremente ideas y opiniones; ese derecho es inherente a la persona, se eleva por encima de banderas,  himnos, consignas, cultos religiosos y la hipocresía de la sociedad.
Tristemente esta facultad encuentra barreras al momento de evidenciar las infamias e incorrecciones del mundo y de los hombres. Los conceptos distorsionados de legalidad, e inclusive de moral  y ética, se ciernen peligrosamente como amenaza al momento de emitir críticas, de observar las cosas negativas y de hacer notar las miserias que desgarran la realidad.
Mientras más limitada esté la libertad de expresión, más sombras de dudas se posarán al momento de evaluar el carácter democrático de un estado  y la sensatez de sus gobernantes. Un gobierno que se incomoda del fuego de la disidencia expresado sin restricción se sirve entonces de elementos subjetivos como la dignidad nacional, la unidad, el bien común y hasta el patriotismo empleado como una canallada para mancillar al detractor.[2]
Cuando el poder no fomenta la tolerancia y pretende uniformar la mente de cada ciudadano, las acusaciones de conspirador, traidor, subversivo, agitador, lloverán sobre quien ha tomado la elección de cuestionar, dudar o simplemente no estar de acuerdo. Estos agravios difícilmente desmoralizarán o retirarán a quien está convencido de cuanto expresa; lo que verdaderamente buscan es lograr una desacreditación ante la opinión pública, marcarlo como un villano ruin que atenta contra los intereses de la “colectividad”.
Es posible que me deje llevar por mi apego a las letras, la filosofía y el debate; esto no significa que sean las únicas maneras de hacer uso de la libre expresión. Entre otras, la música y la caricatura (con el humor y sarcasmo como aliados) son también modos de propagar ideas, muchas veces llenas de sana rebeldía.  Inclusive el insulto y la maldición pueden ser elementos empleados. Hacer notar ante la opinión pública un acto infame con el empleo de palabras fuertes—mientras no se convierta en muestra de violencia física—  es válido, mucho más si el acto que se está observando es alguien que tiene alguna investidura o puede perjudicar a otros seres. Es posible que para algunos mortales que tienen la debilidad de divinizar la cosa pública sea desagradable el empleo de improperios a dignatarios, seres con poderes temporales e instituciones, pero la censura y la divinización de un cargo o autoridad son algo irritante y nocivo, además es una actitud demasiado fácil de degenerarse en un culto a la personalidad.
El a veces trillado retruécano del poder de la verdad versus la verdad del Poder está cada día en la mente de quien no tolera la imposición de ideas que no puedan ser puestas a prueba. Como mencioné al inicio, el apego a una región o nación no puede ser óbice al momento declarar ideas, mucho menos si es utilizado por gobernantes con la falacia de la imagen colectiva. Cabe recordar a Mario Vargas Llosa: "Creer que la imagen de un país depende de que se digan o se callen las cosas que ocurren en él, me parece ingenuo y también peligroso porque quien acepta esta premisa está aceptando que el poder imponga censuras y prohíba las críticas con el argumento terrorista de la razón de Estado. Como la cultura, la moral no puede entenderse ni practicarse en términos «nacionales»; ambas, si son, lo son de manera universal".[3]
El asombro, la disconformidad, el regocijo, la tristeza, el temor, la alegría y todas las emociones e inquietudes que los autores plasman en sus obras, o lo que básicamente pueden expresar los ciudadanos ante el resto de la sociedad, son impulsos que únicamente pueden crearse en libertad, libertad que también se torna en protesta y, sobre todo, en  construcción, choque, complementación y mejora de percepciones. Es imposible pensar que la humanidad hubiera alcanzado progreso y desarrollo en el campo político, económico, artístico y cultural si los dogmas, represiones y las diversas clases de autoritarismo no hubieran sido desafiados a través de la libertad de expresión. Es con esta diversidad como se genera contradicción y surgen novedosos principios y sistemas que permiten hacer —o al menos tratar de— mejor el diario vivir.
La pluralidad de la información y de las fuentes es también esencial. Lejos de los devotos de los medios oficiales, yo abogo por los seres que emergen con medios de expresión propios. Mi alegría se enciende con cada blog, diario, programa, panfleto, canal de video en línea o grito de furia en una red social. Es probable que entre esa marea se encuentre mucho contenido desechable y hasta olas de muestra de idiotez, superficialidad, vacío y hasta violencia. Sin embargo, es necesaria esa abundancia, es el único ambiente en que puede surgir la mejor clase de ejercicio  de la razón y del progreso. Lo contrario, la uniformidad mental, podría acercarnos a una experiencia orwelliana[4]. Permitir al poder mover exclusivamente los hilos de la información y expresión, o dirigirla en la vía de un dogma, ideología única, o tendencia política abusiva,  puede producir una sandez tan monumental y corrompida como la creada por la dictadura cubana en el artículo 53 de la constitución cubana[5].
La respuesta a los embates a la libertad  de expresión es una sola: enfrentarlas valientemente y derrotarlas con tenacidad; la falta de coraje convierte en cómplice. Incluso el empleo de diversas habilidades artísticas debe ser siempre muestra de libertad, no solamente en el campo político estricto, también la libertad de expresión debe combatir la falsa moral, el fundamentalismo y las  injusticias.
El reto siempre será grande, puesto que  los liberticidas suelen expandir  sus tentáculos a varios espacios de la sociedad: empresarios, instituciones formativas, círculos sociales, la farándula, e inclusive la aparición de pendencieros que intimidan, llegando a comportarse como instrumentos dañinos que amenazan la exteriorización del pensar. En todo caso, he aprendido que hay ingenuos y numerosos mortales que desarrollan un gusto por contentar a sus verdugos, incluso cuando están ya en el patíbulo.
No es casualidad que uno de los primeros pasos del opresor sea coartar el disenso y los gritos que lo demuestran, que las mentes pensantes discrepantes no existan; y si existen, que permanezcan silenciadas y no contagien la opinión pública, que no formen sujetos rebeldes[6]. Ése es un proceder de los regímenes  autoritarios; desde los pasados, como la sanguinaria dictadura de Stalin, hasta los cansadores golpes de estado latinoamericanos del Siglo XX, pasando por la experiencia nazi; o actuales, desde el insular sistema de los Castro hasta la ridícula muestra de inmadurez de Kim Jong-Un en Corea del Norte, pasando por el fanatismo de los regímenes africanos por la muerte; o esas otras muestras autoritarias disfrazadas de la actualidad que hacen creer que ganar un porcentaje de votos y aplausos populares permite atropellar los derechos y retorcer las leyes.[7] Para molestia de estos regímenes, los llantos, letras, cantos y gritos se logran colar a través de la censura. Es deber y compromiso moral de cada uno colaborar a perforar cada vez más la barrera del silencio impuesto.
Expresarse es una libertad, es escudo y es espada (tal expresión me parece acertada, pues habrá quien sepa obrar con mayor elegancia y dé un uso superior o mediocre a tales elementos), y por supuesto que conlleva responsabilidades, como todos los actos humanos. Sin embargo, esa responsabilidad debe emerger del acto, del choque de ideas; si alguien debe ser juzgado por cuanto dice, grita o escribe, que sea por haberlo hecho en forma pública e intentando provocar un cambio. No concebiré nunca el designio de la censura previa y prejuiciosa, acto tan abusivo y salvaje como el rebanar la lengua de alguien, o quizás su decapitación.



[1] Voltaire, Cándido – El ingenuo; Madrid: Libra 1972 [1759], página 104.
[2] Ambroce Bierce, escritor lleno de ácido humor, compuso la obra El Diccionario del Diablo. En la definición de patriotismo, señala: «En el famoso diccionario del doctor Johnson el patriotismo es definido como el último recurso de un canalla. Con todo el respeto al iluminado pero inferior lexicógrafo, quiero plantear que es el primero» (El Diccionario del Diablo; Buenos Aires: Longseller 2005 [1911], página 220).
[3] Mario Vargas Llosa, Sables y utopías; Lima: Aguilar 2009, página 183.
[4] El término hace referencia al escritor George Orwell. En 1949 el británico publicó la ficción 1984. En esta obra distópica se describe la instauración de un partido único que controla la historia, información y pensamiento a su beneficio para controlar a sus súbditos, que tiene además el poder de vigilar su comportamiento mediante sistemas de control, torturas y asesinatos.
[5] El texto constitucional cubano, confeccionado a medida por y para el autoritarismo, establece en su artículo 53: «Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad. La ley regula el ejercicio de estas libertades».  (El subrayado me pertenece).
[6] Acerca de la rebeldía, no puedo negarme a la tentación de evocar a Albert Camus: «¿Qué es ser rebelde? (...) Significa, por ejemplo, “las cosas han durado demasiado”, “hasta ahora, sí; en adelante, no”, “vais demasiado lejos”, y también “hay un límite que no pasaréis”. En suma, ese “no” afirma la existencia de una frontera». (El hombre rebelde; Buenos Aires: Losada 1978 [1951], página 17).
[7] Aclaro que la enumeración de muestras de tiranía no es limitativa. La cantidad de seres déspotas es muy alta, por tanto me reservo el derecho de completarla, detallarla y actualizarla en otro momento.


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