viernes, 15 de febrero de 2013

Innecesarias entregas ostentosas

 
Rendirse ante el antiguo contendiente no debe ser necesariamente un acto solemne y fastuoso.
Es menester comprender que toda participación en una confrontación implica el riesgo de la derrota.  Alejado de posturas conciliadoras e hipócritas, manifiesto que, en la política, la obtención de victorias para mentes antidemocráticas implica una aniquilación o completa anulación del perdedor.
En algunos casos, el que ha caído —o ve cercana la caída— tiende por abstenerse  de cualquier intento de seguir. Preferirá el silencio, el anonimato, o alguna esporádica y mentirosa aparición que haga a los incautos creer que aún se encuentra de pie.
Sin embargo, cuando el que se encuentra encaramado en el Poder tiene tentaciones imperiales, existirá un placer por ver humillado públicamente al contrario, por conquistado su territorio y por apropiado todo cuanto se creía de dominio ajeno. Ante esto la única respuesta emergente es la dignidad. Cuando la dignidad no está presente o cuando la conveniencia mediática, económica, política o de otra clase es más fuerte; se da paso a momentos estúpidos y grotescos. Son recordadas por la historia las alfombras auspiciadas por empresarios, artistas y políticos para los déspotas de los que poco antes fueron opositores.
La literatura y la ficción poseen técnicas como la “vuelta de tuerca” para generar episodios en que los personajes  cambian abruptamente su rol en una historia; giros que son agradables, dignos de la fascinación cuando son empleados por escritores de buen modo. En la realidad, estos cambios en los individuos suelen dejar un gusto a infamia y asco. Mucho más aún si se hacen de manera pomposa y descarada.
Cabe aclarar que, siendo estas apreciaciones hechas sobre la política y la vida pública, además cuando el ahora victorioso ha violado leyes y ha mostrado desinterés por los derechos de los demás, no hay espacio para palabras como “perdón” o “reconciliación”, pues justamente  no se trata de un destino solitario, sino de un acto irresponsable; no hay que olvidar el que se arrodilla ante su opresor llevaba tras de sí a sus seguidores y seres que creyeron en él. De estos últimos, quienes no sean críticos o vivan inmersos en la mediocridad de pensamiento, serán los que busquen justificar todo lo ridículo de la pleitesía rendida ante el opresor dominante. Los demás, los que juzgan, se verán desilusionados por haber depositado confianza ante quien no tiene honor siquiera en la derrota. Observar sonrientes en un abrazo fundido al otrora perseguido con su verdugo, o a quienes intercambiaban anatemas de una vereda a otra, genera un espectáculo repulsivo.
Reconozco que no soy partidario de los simbolismos, éstos se prestan para malinterpretaciones y fácilmente son usados para manipular masas (el empleo de banderas e himnos y hasta actos litúrgicos puede ser perjudicial). Pero sí soy un fanático de la rebeldía; si ella desaparece de forma ritual, no puedo dejar de molestarme. Un evento, un sitio, un atuendo o una práctica en la que el cobarde cede su última gota de dignidad deben ser vituperados. La sumisión se vuelve un espectáculo que infla el ego y los deseos tiránicos de quien ha vencido, mientras el arrodillado se dedica a organizar galas, doctorados honoris causa, reconocimientos, desfiles y cocteles.
En todo caso, como individuo rebelde,  cuanto queda es repeler cualquier muestra de este tipo, evidenciarla ante el prójimo y condenarla. No me place la existencia y mucho menos la cercanía de quienes tienen un gusto y/o adicción por las reverencias o genuflexiones de ninguna clase. Cuando veo a estos seres arrodillarse ante el poder, tiendo a recordar al  inmortal Dante Alighieri, cuando en uno de los Cantos de su obra máxima se asombra al ver a los condenados en el Infierno: "¡Oh, qué difícil es hallar palabras / para describir a esta pobre gente; / mejor  fueran ovejas, fueran cabras!"
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