jueves, 6 de diciembre de 2012

Siete escalones





«Así les ocurre, sin duda, a los condenados a muerte: cuando los llevan al lugar de la ejecución, se aferran mentalmente a todo lo que ven en su camino» 
—Fiódor Dostoyevski (Crimen y Castigo)—


Uno de los pocos rincones en que esta práctica —la condena a la horca— sigue arraigada —al menos de manera oficial; de esos sitios que son pequeños, donde el ruido de las grande urbes o las olas de la tecnología no han llegado del todo. Un sitio en el que las máquinas de escribir todavía exhiben su nostálgica melodía y los espejos  tienen esos gruesos marcos de madera con formas de flores. Los espejos en ese pueblo han reemplazado a los calendarios; el paso del tiempo se nota en el reflejo, las arrugas y las canas que van acumulándose. Mientras, a medida que cae el sol, las personas van peregrinando hacia la costa en busca de los restantes rayos del sol, como si ellos obsequiasen respuestas o aliviaran las penas. Todas esas cosas le agradaban, o al menos no le disgustaban desde su llegada.

La cuerda que se estira y termina con la existencia está en su sitio ya, a dos kilómetros nada más de la costa se ubica la plaza elegida para los ahorcamientos. Esa muchedumbre ansiosa que acude a presenciar lo que ellos consideran espectáculo; los miembros de esa turba cuyo único lazo que los une es la cólera. Llegan por montones a vociferar improperios, a mostrar desdén por un condenado, quizás sin entender.


Es quizás por el apego a los últimos instantes de vida, o por las sensaciones que los rodean; lo cierto es que el tiempo avanza más lento mientras sube a esa plataforma, como en el sueño, el tiempo previo a una ejecución se altera. Identifica varios rostros en la multitud, es capaz inclusive de contar los 296 asistentes a su eliminación.


La madera de la que está hecha la plataforma cruje; al parecer es la única que gime y lo acompaña en su castigo. Es bueno que llueva ligeramente; eso, además de disipar espectadores, evita que el sol caliente la soga y la madera (no es bueno anticiparse al calor del infierno). Ya ha subido el primer escalón.


Mientras asciende al segundo, levanta un poco la vista. Dirige una vil y fugaz mirada a sus juzgadores, presentes en el momento del fin. No recuerda un juicio justo; sólo la ira, los derechos no existían. El juzgamiento fue un procedimiento que bien podría haber sido obviado, sirvió simplemente para que las conciencias del tribunal no vayan a alcanzar remordimiento en lo posterior. 


Inhala, exhala... llega la hora del tercer escalón; casi no lo sintió.


Recuerda que niño soñaba ver el mar, era de esas fantasías que atentan contra la lógica de la vista y de la física, pues mientras más lejos están... se ven más grandes. Ya llegando al cuarto escalón le llega la brisa marina... se despide de él.


En el quinto escalón son las palmeras desafiantes las que llaman la atención (es de suponer que la cercanía del fin daña su vista); son muy altas —demasiado para su gusto—, por unos segundos parecen las columnas que sostienen el cielo de esa vieja isla para que no se desmorone y aplaste a todos sus habitantes. Piensa en Sansón y los Filisteos.


El sexto es un rostro oscura y fantasmagóricamente tallado en la madera, que lo mira reprochando cuando él baja la vista y ve las tablas. De repente, hay un aroma mezcla de vino y de diciembre que es evocado por su mente. Tiempos menos complejos, miradas menos venenosas, recuerdos que no se conjugaban con la palabra martirio... ya todo queda atrás.


Queda el séptimo, posteriormente vendrá la superficie firme. Es el escalón del arrepentimiento. Tal vez no debió disparar contra el sujeto en la calle principal... ¡Pero ese ser era tan ruin! No podía dejarlo pasear por el mundo después de semejante ofensa.
Luego de cometer ese crimen, su ahorcamiento será considerado por algunos que lo recuerden como alivio; de todas maneras, él ya estaba demasiado alejado en tiempo y en espacio.


La plataforma final, la soga ajustándose en el cuello, el taburete que se alejará de sus pies para tensar el grueso hilo de la muerte. Una respiración más... los gritos... una promesa incumplida de volver... la orden de la horca... la existencia...


Abre los ojos después de un largo parpadeo. No hay lluvia, palmeras, tampoco soga. La gente en calle principal empieza a percatarse de algo raro y a correr. El frío metal del revólver acaricia su mano izquierda y el gatillo es el péndulo de su destino:
el disparo letal contra el sujeto despreciable en realidad aún no ha sido efectuado. En este momento aparece una duda.
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