martes, 11 de julio de 2017

Testimonio de un lector (I)


 

Librería en la zona de San Telmo, Buenos Aires

                  “La lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad. No hay, a la vez, nada más real ni nada más ilusorio que el acto de leer”.
Ricardo Piglia


Determinar un momento exacto en que surgen nuestras aficiones o saber cuándo pasan a ser un modo de vida, es una tarea casi imposible de rastrear. En cierto modo, es bueno que así sea, pues de este modo se aleja la tentación de epifanías idealizadas y armadas, propias de las biografías y de los mitos. El desarrollo de aquello que nos identifica es algo paulatino que está expuesto a las experiencias y hasta a casualidades impensadas.  Algo de eso ocurre con mi encanto por el mundo de los libros.
Guardo gratas y fuertes imágenes mentales de un mueble en la casa de mi infancia, con sus cuatro niveles, en los que se apilaban revistas, novelas, textos escolares y algunos otros que estaban lejos de mi alcance, tanto por la estatura como por su contenido. También recuerdo a maestros que —más allá del cliché o las imposiciones programáticas— con osadía y algo de esperanza desafiaron mis capacidades con libros complejos y extensos. Por supuesto, el agradecimiento será inagotable para ellos. La siguiente fase fue caminar solo, las elecciones de compra se volvieron cada vez más autónomas y complejas. Es que la libertad también es un elemento inherente a la lectura; se percibe desde la elección del volumen a tomar, en la interpretación de los contenidos y en la valoración y emoción que pueden generar los libros en la subjetividad de individuo.
“Hay que abrir los libros, perderles el miedo, agredirlos, degustarlos...”, escribe Jorge Edwards. Precisamente por eso, no es saludable ni plausible la pretensión que todas las personas consagren sus horas a los libros; hay espacios que bien pueden dedicarse a otra clase de actividades. Para las imposiciones, están los dogmas y los hombres tentados por la autoridad. Por otro lado, la valoración es clara: los beneficios son innumerables si uno opta por las letras. El cultivo de la imaginación, la construcción de un vocabulario menos limitado, la asociación de ideas, el trabajo de la memoria y la pretensión de la erudición –entre otros- son consecuencias de numerosas y variadas lecturas. Ya en el campo del pensamiento y la reflexión posterior, pueden emerger de forma civilizada y con contenido la inconformidad, la rebeldía y el espíritu crítico en la fragua de los libros.
 Por el gregarismo en algunas edades y por la poca valoración de la creación literaria, el lector es visto como un ser raro, retraído y símbolo del mayor aburrimiento. Lastimosamente, en algunas sociedades esta fase hostil no es superada y se extiende incluso en estadios superiores como la educación universitaria, la vida laboral y hasta la labor del profesorado, generando así ambientes de escaso nivel cultural. Ese objeto raro —el libro— en lugar de conectar mentes, emociones y personas, motiva extrañeza y hasta burla.
Marco Aurelio Denegri se refiere acertadamente a la lectura como el único vicio saludable. Salvo por contratiempos ópticos a la larga, que valdrán siempre la pena, no advierto ningún daño provocado por la bibliofilia. Ni siquiera el factor económico puede esgrimirse como argumento contra la adquisición de volúmenes y colecciones. Desconfío de mortales que afirman que los paseos por librerías, ferias y otros representan gastos absurdos o innecesarios. Apunto esto desde mi óptica particular, pues aunque no es posible asegurar el destino o los giros de lo venidero, no concibo una existencia sin libros adquiridos y por adquirir; la sola idea es aterradora.
Aunque puede haber predilecciones, la voracidad y promiscuidad literarias no discriminan géneros. Así, aparecen la novela como ejemplo de orden, constancia y estilo; el cuento como la puerta a la literatura fantástica y a mundos que no requieren pasar la treintena de páginas; el teatro, con su desafío de representación; la poesía como acercamiento a lo sublime; y el ensayo como el género del pensamiento por excelencia para la propagación de ideas para mejorar el mundo o, al menos, para evitar su desmoronamiento. Con el tiempo y el apego, en el acto de leer pueden asentarse no solamente las bases de un entretenimiento o distracción placentera, sino los principios que hacen a la vida misma.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Camus: lucidez, rebeldía y compromiso

Imagen: DeviantArt. Usuario: Roobikon

“El pesimismo de Camus no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía”.
-Mario Vargas Llosa-



Cada cierto tiempo el mundo sacude al hombre; acto seguido, si no alcanza con eso, lo avienta al vacío y a la tragedia poniéndolo en urgencia de respuestas. Cuando el individuo se resiste a las salidas fáciles que ofrecen mercaderes de ilusiones basadas en credos, evangelios, manifiestos, himnos y sangre, la singularidad y la soledad aparecen como opciones. Nuestras adversidades y angustias son una forma de vincularnos con el mundo, a veces por voluntad y otras empujado por las circunstancias. Mientras mayores y más fuertes son nuestros lazos con aquello a lo que le damos importancia, requieren de nosotros una apuesta por la acción. El arte, la literatura y el compromiso político no escapan a esta realidad. El Siglo XX nos ofrece como ejemplo de lo mencionado la figura de Albert Camus.
Camus, además de los dolores individuales que cargan muchas personas, como las necesidades, la pérdida de los seres cercanos, y problemas de salud, asumió desafíos en el campo intelectual y político que sin duda forjaron su carácter y su variada obra. En la creación de Albert Camus se abarca la novela, la labor periodística, los cuentos, el ensayo, crónicas de viaje en una prosa valiosa, el teatro (en el que además fungió como director y actor) y el trabajo de periodismo. Hay que mencionar que, en su variedad, la obra del autor nacido en Mondovi existen temas constantes que no deberían huir de las reflexiones de los hombres. Menospreciado por algunos círculos filosóficos de su tiempo e incluso en la contemporaneidad, tal vez por su no rebuscada y no rimbombante forma de expresar el pensamiento del individuo, o por no armar todo un sistema de recetas para la vida o para la utopía; la filosofía de Camus se erige como respuesta y comprensión ante los problemas existenciales, estéticos, políticos y sociales.
El extranjero como novela y su complemento en ensayo, El mito de Sísifo, son libros sin desperdicios para pensar esa vida que busca un sentido. La compasión, la solidaridad, la desesperación y el dolor tienen en La Peste, un trazo que nos recuerda que la convivencia con el prójimo y sus circunstancias también marcan nuestro paso por el mundo.
Bodas y El verano, contemplan textos de un hombre que con el acto de viajar se construye y reconstruye. Visitar o retornar a sitios especiales poniéndose en contacto con lo profundo también es una forma de rebelarse ante el mundo; a pesar las imágenes presentes aún de la guerra, la inocencia asesinada y la tortura aún presentes en el continente. En palabras del propio Camus: “El incendio se extiende, Nietzsche ha sido superado. Europa no filosofa a martillazos, sino a cañonazos”. Justamente ese incendio había llegado a París con la ocupación nazi en 1940 y generó –como sucede hasta ahora en estas situaciones- la separación entre quienes asumen posturas colaboracionistas y quienes no se resignan a ser objetos del poder. Ante esto, Camus elig comprometerse, resistir y fundar junto a otros intelectuales el periódico clandestino Combat.
La rebeldía estética del mundo, esencial contagiosa para el alma, a veces no es suficiente; esto es algo que Albert Camus comprendió muy bien. Rebeldía, por la dignidad, por la libertad, por que la Historia no devore al hombre por la promesa lejana de un mañana feliz, que casi siempre es la mentira de un puñado de manipuladores. El hombre rebelde es el feroz y completo ensayo que radiografía y detalla las expresiones de quien no se resigna a permanecer en condición de vasallo, que decide establecer una frontera a los atropellos y que denuncia los abusos soviéticos que eran justificados por otros intelectuales en ese tiempo; Jean Paul Sartre fue uno de aquellos.
La polémica Sartre – Camus evidenció el quiebre, el estallido por las ideas y el silencio cómodo del autor de La náusea frente a los horrores perpetrados por el bando político comunista que abiertamente eligió y que –como Octavio Paz escribió- lo puso en ridículo con los años. Paz apuntó en 1973: “Sartre anda envuelto en una nube de palabras […] es un filósofo deslenguado. Desde el fin de la guerra Sartre no deja de emitir opiniones políticas y, nueve veces sobre diez, yerra.
Volviendo a Camus, el reconocimiento del Nobel de Literatura llegó para él en 1957, «por su importante producción literaria, que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia humana». Tres años después, falleció en un accidente automovilístico a los cuarenta y seis años, dejando el borrador de ciento cuarenta y cuatro páginas de su novela autobiográfica, El primer hombre, sin completar y que fue recién publicada en 1994.
El mensaje de Albert Camus repercute con total actualidad y vigencia en nuestro tiempo: a pesar de lo absurdo de la existencia, un hombre puede actuar respondiendo al llamado de su conciencia, cuando alguna grieta del infierno (una expresión exquisita usada por Borges) se abre en nuestra realidad y ésta empieza a convulsionar; que a la inacción y la resignación se contraponen la búsqueda de la verdad y la libertad.  También nos deja la enseñanza de que aunque la piedra de Sísifo caiga una vez más, poder levantar el rostro, el cuerpo y el espíritu para volver al combate de los días con un motivo es lo que nos consuela y nos llena.
Un saludo y un brindis por el rebelde nacido en el Siglo XX.
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